Como bien saben, el pasado 10 de junio se entregaban los premios del Concurso Literario “INTERGENERACIONAL” de Relato Corto “Miguel Guirao”.

El título del Relato ganador fue: LA TIENDA CERRADA y su Lema: CONFUSIÓN. El autor es Joaquín López Chirosa. Nuestra más sincera Enhorabuena.

A continuación se lo mostramos:

En el hueco que hay en el altillo del armario que se adentra en el techo de la habitación trastero, Martín va colocando, en los estantes del hueco, pausadamente y como si de un ritual se tratara, los trozos cortados regularmente de 10 a 15 centímetros. Martín ha preparado el espacio de manera que, una vez llenado, se pueda cerrar y no se note su existencia. Se siente contento por haber encontrado un lugar donde colocar los trozos del cadáver. Todo está muy limpio, no hay sangre ni restos de que la haya habido, lo único que Martín ve y hace es colocar en el hueco las diferentes porciones del cuerpo, muy limpias y todas con las mismas medidas.

Ha sonado el despertador, Martín se levanta con una sensación de pesadez, con la cabeza cargada y muy cansado. Comenta a su esposa Lola que, a pesar de haber dormido profundamente durante toda la noche, tiene la sensación de no haber descansado. Lola abre la ventana y lo anima al contemplar un día radiante y soleado. Parece que subirán las temperaturas. ¡Es primavera!

Martín sale para ir al trabajo. En la calle hay bullicio y alegría. El tiempo acompaña. Los pájaros no paran de cantar en sus juegos amorosos y alegres. Martín lo observa todo como espectador y no como actor integrante de la obra que ese día se desarrolla. Un detalle le llama la atención al pasar por la calle de las tiendas: hay una cerrada, es la de Eloy el zapatero, siempre abre la primera. No da importancia y sigue caminando al trabajo.
Durante todo el día ha soportado el dolor de cabeza deseando volver a su casa, relajarse y poder descansar.

Han pasado dos días en los que ha tenido la misma sensación extraña de pesadez y de incertidumbre miedosa sin saber a qué se debe. Hoy, por el contrario, Martín se ha levantado contento e ilusionado en el trabajo hay organizada una fiesta de convivencia, con actividades varias, pueden verse todos los compañeros, hablar y compartir experiencias. En el recorrido al trabajo se fija en que la tienda de Eloy continúa cerrada y se pregunta ¿qué le pasará?

En la fiesta, Martín oye que Julián le pregunta a Pedro por Eloy, son muy amigos, y comentan que llevan varios días sin saber de él, que otras veces les dice donde va, pero ahora no saben nada y están preocupados. Martín les comenta que la tienda lleva varios días cerrada. En ese instante a Martín le vienen imágenes de la colocación de trozos de un cuerpo descuartizado. Se queda paralizado y ausente, Julián le hace volver en sí.
– ¿Tan preocupado estás por la fiesta? ¡Todo saldrá bien!
– No, no es nada -contesta Martín, sacudiendo la cabeza-. Hasta el final pueden surgir problemas.

Al final del día vuelve a su casa con aire de preocupación y ensimismado en él mismo. Las imágenes colocando los trozos del cadáver las ha tenido durante todo el día. No tiene noción de cuando ha ocurrido y qué significan.
Esa noche no puede conciliar el sueño, le vienen una y otra vez fotogramas sueltos de la colocación de los trozos de muerto. No entiende por qué le vienen esas visiones y se pregunta de quién serán. Durante la noche se despierta con frecuencia y vuelven a aparecer las imágenes una y otra vez. Se siente cansado.

Al día siguiente en el trabajo no puede concentrarse y le sigue llegando a la mente representaciones de la colocación de trozos de cuerpo humano seccionado. Se encuentra con Julián y este le comenta que está muy preocupado por no saber nada de Eloy. También Pedro dice que los vecinos no saben nada. Piensan que le ha podido pasar algo. ¡Se temen lo peor!

Martín va a su despacho preocupado, pensando que Eloy puede estar muerto. Esto lo obsesiona y no puede quitárselo de la cabeza, sucediéndole, repetitivamente, las imágenes de la colocación de los trozos de cadáver, llegando a sospechar que podrían ser los del zapatero. ¡No! ¡No puede ser! Piensa que es imaginación suya, pero lo cierto es que la idea va cobrando fuerza y ocupa toda su actividad cerebral. Las imágenes que le vienen a la cabeza le aseguran que lo ha hecho él. Siente un escalofrío recorrer todo su cuerpo, tiene miedo y le aterroriza la idea de ser un asesino y lo que pueda pensar su esposa.

Regresa a su casa envuelto en estos pensamientos. Ha entrado en una espiral que lo lleva al abismo y no puede salir. Los cantos de los pájaros son meros sonidos estridentes y todo ha perdido su colorido, reflejo de lo que lleva dentro.
Su esposa, en casa, lo ve distraído e ido, no colabora y se manifiesta iracundo y con desplantes ante sus requerimientos y preguntas, otras veces no responde. Lo ve raro y silencioso, sabe que él no suele ser así. Preocupada, ha preguntado a los compañeros de trabajo de Martín y estos han dicho que está distraído y permanece todo el tiempo encerrado en el despacho. Lola lo increpa, le pregunta, lo fuerza a responder a sus interrogantes. Martín se limita a decir que está cansado, que el día ha sido agotador y que se acostará pronto.

La noche se le hace larga, no consigue conciliar el sueño. Cada vez más y más se convence que ha sido él quien ha asesinado a Eloy, si no, ¿por qué las visiones? La tienda permanece cerrada y sus amigos no saben nada de él. ¡Seguro que ha sido él! Las imágenes que recuerda confusamente, así lo afirman. Le invade el miedo. Está dudoso, no sabe que hacer, solo el pensarlo le produce angustia. Al final decide guardar el secreto. ¡No se lo dirá a nadie!

Los dos días siguientes son un infierno, Martín no para de pensar en ello, evita hablar con los compañeros y lo imprescindible con su esposa. Solo piensa que ha sido él ¡Es un asesino! Que el zapatero está muerto y lo ha asesinado. Del miedo ha pasado al pánico, al pensar que si lo descubren ¿qué pasará? Nadie se podrá imaginar que fuera capaz de asesinar a alguien, ¿qué pensarán?, ¿qué dirán? Su esposa la primera que se escandalizará y lo rechazará. Sus hijos se avergonzarán y ¿qué será de ellos? Cuando sean mayores no querrán saber nada de su padre, ¡un padre asesino! La gente le dará de lado y él se sentirá solo y apartado, su vida no tendrá sentido, pero si no lo descubren nada de esto pasará. Martín decide seguir ocultándolo, fingir que no pasa nada.

Su esposa está preocupada por su comportamiento de estos días y se lo hace saber. Él responde que es cansancio debido al trabajo. Comienza a actuar de manera artificial. Lola sospecha que algo pasa y así se lo dice. Martín reacciona enfadado y con ira. Su respuesta está desproporcionada y dice que solo es cansancio. Su esposa no se lo cree y su preocupación aumenta.

Martín no duerme esa noche, se levanta varias veces, le duele la no comunión con su esposa y le pesa lo que cree haber hecho. Siente que no puede llevar esa carga. Se plantea que quizás lo mejor sea entregarse. Le da miedo e inseguridad. ¡Es un asesino! Debe cumplir con su familia y con la sociedad. ¿Qué pasará? Debe afrontar los hechos. Debe recuperar la cordura. ¡Él nunca ha sido un cobarde! Debe ser consecuente. ¡Eso hará! Se repite una y otra vez ¡Soy un asesino! ¡Soy un asesino! ¡Debo pagar por ello! Piensa que por la mañana debe ir a la policía y entregarse, ¡bien, eso hará!

Lola se ha levantado y ve que Martín se prepara para salir, lo retiene y le dice que lo piensa acompañar al trabajo. Él le dice que tiene que hacer algo importante antes de ir al trabajo, que la quiere mucho y que también quiere a los niños y lo que pase este día no borrará el amor y el cariño que siente por ellos. Que la ama y siempre la amará. Su rostro es de angustia y sus ojos están a punto de desbordarse. Lola se inquieta, se acerca y lo abraza. No quiere interrogarlo, lo ve nervioso, débil, indefenso e ido. Mantiene el abrazo y en un susurro al oído le dice que lo quiere, que siempre lo querrá y que siempre, pase lo que pase, estará con él.

Salen juntos. Martín piensa ir a la policía a entregarse y le contará todo a su esposa por el camino, cuando estén llegando, cuando sea inevitable. ¡Hoy no irá al trabajo!
Pasan por la tienda de Eloy, ¡sorpresa! Está abierta y Eloy dentro. Lola hace ademán de entrar, tiene que preguntar por unos zapatos que dejó. Martín está confuso, no se atreve a entrar, su cara ha cambiado de la tristeza pasa a la sorpresa y de esta a la alegría. Reacciona y ríe y ríe y da saltos. Entra y va donde Eloy y lo abraza. Este se sorprende por el comportamiento de Martín. Nunca se ha mostrado tan efusivo y cariñoso. Le preguntan dónde ha estado todos estos días, que no lo han visto y la tienda ha estado cerrada, él dice que ha visitado a sus hijos, que se sintió mal y se fue sin avisar a nadie. Martín vuelve a abrazarlo y le dice que se alegra mucho de que esté de vuelta.

Lola se ha quedado paralizada, nunca había visto a su marido tan efusivo y afectuoso. Martín, también, coge a su esposa y la abraza, la besa, da saltos de alegría. Eloy y Lola se miran con asombro. ¡Piensan que se ha vuelto loco! Su comportamiento no es normal.
Martín coge de la mano a Lola, se despide de Eloy y salen a la calle. Tira de ella y vuelven a su casa. Martín corre al armario, al altillo y allí está, el hueco vacío y sin nada. Martín cae en la cuenta de que en estos días de confusión no se le había ocurrido mirar en el altillo, ha sido un despiste imperdonable. ¡Todo ha sido un sueño! Lola no sabe lo que está ocurriendo, está asustada y preocupada. Martín le dice que se lo contará todo, la abraza y por fin consigue emitir un grito: ¡No lo maté! ¡No soy un asesino!